25 ago 2011

París IV ( Paris, je t'aime )

Viernes, 17 de Junio de 2011.

Abrimos los ojos a eso de las nueve, más acostumbrados al ambiente que nos rodeaba, el hotel había pasado del asco a esa clase de encanto que comparten las cosas cutres y los perros feos y el barrio nos iba acogiendo a su manera. Así, con la mochila cargada de galletas y de los planos que nunca saco porque odio parecer turista aunque realmente no tenga ni idea de donde voy, salimos hacia metro Barbès-Rochechouart dirección Palais Royal-Museé du Louvre. El portador del polvo de hadas tomó provisiones del vagón de las maravillas, donde las gafapastas pelirojas con su je ne sais quoi revoloteaban a sus anchas. Entramos al Louvre atravesando parte del edificio, hasta llegar al patio donde todos los sabios nos miran y uno se siente parte de la película, la cola parecía interminable pero no había prisa, en la fuente central una indicación similar a ''prohibido caminar sobre las aguas'' tienen que advertirlo porque París es la ciudad donde el humo toma forma y todo puede ocurrir, todo, incluso que después de esperar la cola te encuentres con que la mitad de las salas estan cerradas y decidas volver otro día, después, por supuesto, de habernos puesto en la ventana de la rubia de ensueño que pasará a la historia por parte del camello de mariposas en el estómago como ''La mujer perfecta''.
Nueva incursión en el metro, salida en Menilmontant, comida en el McDonalds de turno. Los franceses piensan en los vegetarianos y tienen ensaladas grandes, para fortuna del pobre tranchetófago que irradiaba felicidad. Al salir fuimos a buscar las famosas tiendas vintage de la zona, encontramos dos, una de precios imposibles y otra de la que me lo hubiera llevado todo, allí conseguimos el a partir de entonces conocido como ''chalequito de puto'', un chaleco de raso rojo con el que se hizo mi querido seductor de francesas. Con esta compra hecha proseguimos nuestra búsqueda, topamos con un hombre de aspecto pintoresco al que le preguntamos las indicaciones, él mismo se ofreció a acompañarnos a la tienda que buscábamos, contandonos por el camino que él nunca se había comprado ropa nueva y que se dedicaba a la enseñanza, este curioso personaje desapareció después de desearnos buen viaje y buenas compras. Pasamos un buen rato rebuscando entre los trastos abandonados de los franceses y allí encontramos el ajedrez que nos acompañaría el resto de la semana junto con un abrebotellas que mostraba el Partenón por una cara y a Atenea por otra, recordandome que Hellas forma parte de mí, vaya donde vaya. ¿Qué tendrá Hellas que nunca permite que te alejes demasiado de aquello que eres, de aquello que amas? Esa tarde, secretamente, mis helenos amados me acompañaron en cada paso por la ciudad en la que todo puede pasar, y me gané un "eres la única friki capaz de comprar souvenirs de Grecia en Francia".
Nos recorrimos toda la red de metro de París en busca de tiendecitas donde puedes comprar un poco de pasado a un precio asequible, una vez salimos a la superficie comenzamos la búsqueda del barrio de Les Marais, allí todo estaba a cien metros según los autóctonos, y a nosotros se nos hacía interminable, tan interminable que terminamos en un puestecillo, donde tuve que complacer al que nunca deja de sacar chispas maravillosas de la suela de sus zapatos con una cestita de moras, y con moras y almendras nos sentamos en un parque a mirar a los niños en los columpios. Empezamos a elucubrar sobre sus futuros, y así pasmos el rato hablando de la Capitana, una de las más pequeñitas vestida con un chubasquero amarillo pero que a sus dos añitos tenía más decisión que el resto de los niños del parque, la lista, que era una gafapasta de cuatro años y se peleaba con la más divertida, a la que llamamos "esa de mayor va a ser calientapollas" una de unos cuatro o cinco años que ponía morritos a todo el mundo y se paseaba con posturitas de modelo por todo el parque, vestida con un gusto que ya quisieran muchas en la treintena. Entre tanto las palomas espartanas de París, que no tienen miedo de nada y bien puedes bailar claqué a su lado que no se moverán, acudían en busca de comida, les dimos su parte y nos levantamos, dirigiendo nuestros pies, que después de todo lo caminado parecían de otros, de nuevo hacia la habitación que fue nuestra casa aquellos días.
Una cherry cola y dos platos de macarrones con queso más tarde estabamos en la habitación, con tarrinas de helado de vainilla y dos o tres cajas de galletas Fingers, aquella noche, aprendí a ser una rival decente de ajedrez...

(Continuará)

· Y esto para ti, portador del polvo de hadas. http://www.youtube.com/watch?v=rRxccy-zcJ8 ·

1 ago 2011

París III ("You inspire me.")

Jueves, 16 de Junio de 2011.
Bajamos del avión y nos dimos la carrera con las maletas hasta el autobús que nos llevaría al centro de París. Era una noche fresca, y en nuestros estómagos se retorcía el gusanillo de la incertidumbre mezclada con la emoción de estar por fin allí (es posible que el hambre también tuviera algo que ver con esas sensaciones). Un par de asientos por delante había un chico comiendo una bolsa de bolitas de Kit-Kat, no pude reprimir un ''Oh... Kit-Kat...'' el chico se giró y me ofreció la bolsa, después de haber comido un trozo de tortilla a las dos de la tarde y un colín a las siete, me pareció el gesto más humanitario del mundo.
Bromeabamos sobre que el autobús se movía mucho menos que el avión, mientras nos acercábamos a la ciudad de la luz alucinando con cada cosa que veíamos, hasta que, ahí estaba, decorada con esa iluminación tan estridente, la punta de la Torre Eiffel. Estábamos en París.
Según pusimos un pie en el suelo la ciudad empezó a odiarnos, bajamos nuestras maletas a la estación de metro de Porte Maillot, con un considerable número de escaleras, para encontrar que el último tren de metro ya había salido (gracias, Barajas). Con las mismas y sin tener ni idea de nada subimos y buscamos un taxi, que terminamos compartiendo con una brasileña que nos dió cinco euros y se largó en su parada. El viaje en taxi seguía, nuestro destino la Rue Myrha, el taxista no quería entrar, lo que era un buen preludio de lo que nos esperaba, así que nos dejó cerca, nos dió unas indicaciones y desapareció.
Allí nos vimos, a las dos de la madrugada tirados en lo peor de Montmartre, rodeados de prostitutas, camellos que intercambiaban droga delante de nuestra cara y grupitos del equivalente francés de todos los ''gangsta'' de París, con nuestra pinta de ''soy turista, róbame a gusto'' y sin tener la menor idea de dónde íbamos.
No tengo muy claro cómo, terminamos encontrando el hotel, nos sacaron la mitad de nuestro dinero en la recepción por lo que la posibilidad de cambiar a un tugurio menos tuguriento quedaba anulada. Mientras subíamos las escaleras de caracol curvadas y forradas de un terciopelo rojo gastado digno del burdel más transitado nos arrepentiamos de nuestra elección hotelera. No mejoró la cosa al abrir la puerta y encontrarnos una cama en un rincón de una habitación que no se había barrido ni por equivocación desde el verano pasado, con olor rancio y un baño que invitaba a la grabación de un thriller.
Cansados como estábamos, abrimos la cama y nos dispusimos a dormir hasta que vimos las sábanas llenas de pelo púbico ajeno, manchas de prefiero no saber el qué y cabellos varios. La manta no era mucho mejor, y la retiramos todo lo posible, sólo queda decir que terminé durmiendo con el pijama metido por los calcetines para tocar lo menos posible de aquel catre inmundo. Apoyando la cara en la almohada con una mezcla de repugnancia y satisfacción, me quedé dormida.

***

Los rayos de sol entraban por la ventana, grande y cubierta con una cortinilla de baño por alguna mente inspirada directamente por el Gran Arquitecto como poco. Todo parecía menos horrible con la luz del día. Abri la ventana y me asome, Felipe hizo lo mismo y dijo ''Aquí lo tienes, Montmartre, el auténtico'' y de Montmartre, el auténtico, salimos camino a un Montmartre más turístico pero con el indudable sabor del París más bohemio. Doscientas escaleras nos llevaron a la basílica del Sacre Coeur -en mi opinión una maravilla arquitectónica donde las haya- y más tarde nos perdimos por sus calles en busca del cementerio de Montmartre, finalmente y hartos de buscar nos dirigimos a nuestro primer destino. Pére Lachaise.
Atravesando el umbral del famoso cementerio no por la puerta principal sino por una de las esquinas, se desplegaba ante nosotros una belleza difícil de explicar; la hermosura calmada de la muerte junto al silencio pastoso del tiempo y una mezcla de verde chispeantemente vivo en contraste a las losas grises, algunas simples y otras ricamente decoradas que pesaban sobre las vidas de aquellos que custodiaban en un desfile estático de historias no contadas. Era una mañana de cielo encapotado, del mejor gris depresivo que puede ofrecerte París y acompañando nuestro paseo, no sé si como muestra de amor o de odio, la ciudad nos regaló la lluvia como lágrimas cuando se llora por cualquier cosa que no sea tristeza, no demasiada pero suficiente para impregnarlo todo de olor a húmedad e historia.
Ahora lo recuerdo con melancólica ternura, pero en el momento protestábamos por la lluvia y por el tiempo, queríamos irnos pero por desgracia para el camello de polvo dorado yo no pensaba irme sin visitar al señor Wilde, así que dimos vueltas y vueltas buscando la división 89, justo en otro extremo del lugar por el que habíamos entrado. Tras unas dos horas de paseo perdiendonos entre las más curiosas lápidas ahí estaba, una tremenda masa de algo similar al granito pero que no lo era en la que se encontraba tallada una esfinge junto con el nombre que llevaba tiempo buscando, ''Oscar Wilde''. Me detuve y respiré, tuve que sacar bastantes fotos del momento, abrí la mochila para coger mi pintalabios rojo, uno de mis preferidos, que había viajado hasta allí exclusivamente para esto, me pinté los labios y besé la tumba, añadí lo único que podía decirle con letras rojas, ''Gracias por tus letras''.
Ignoro si Oscar sería tal y como parece ser en sus escritos y hay mucha polémica sobre la profanación del descanso del señor Wilde, sin embargo, confío en que se habría divertido de ver besos y más besos en su sepulcro. De cualquier forma, allí, sobre la ''S'' de Oscar y escrita con pintalabios rojo descansaba la frase que guardo desde entonces, la que me traje de aquel lugar, de Wilde, y de la ciudad "You inspire me".
Nos alejamos comiendo minipizzas de una caja, con más hambre que respeto de ultratumba e incluso nos arriesgamos a beber agua de una fuente, después de dar bastantes vueltas, salimos del cementerio y nos sentamos en una especie de rambla-parque parisina que había justo enfrente para degustar un exquisito bocadillo de salchichón de pavo y otro de tranchetes (versión vegetariana) mientras unas palomas asesinas con los cojones como camiones nos acosaban pidiendo su ración sin echar a volar por más aspavientos que hiciéramos.
Nos habíamos levantado pronto así que cansados, emprendimos el camino de vuelta para echarnos una siesta e, importante, comprobar si nuestras maletas seguían allí, cosa de la que no estábamos para nada seguros. Nuestra ignorancia nos llevó a dar la vuelta al mundo en metro y cuando salimos a la superficie, preguntamos por nuestra querida Rue Myrha, nos preguntaron si queríamos droga, dijimos ''No, es que nuestro hotel está allí'' y acompañado por el típico dedo que oscila en la sien nos dijeron ''¿Estais locos?'' tuve ganas de contestar algo como ''No, soy así de pobre'', finalmente este simpático personaje se ofreció a acompañarnos y allí nos vimos de nuevo, aliviados por no haber sido apuñalados en tránsito y porque nuestras maletas seguían más o menos donde las dejamos nos tumbamos. Pasado un rato ideamos un plan para bajar al súper a por algo para cenar, me tocó ser la intrépida y bajé. Después de volver de la compra conocí el mejor sitio del hotel, sin dudarlo, un sótano siniestro con un microondas por el que no había pasado un pañito mojado desde la fábrica. Para sorpresa de Felipe le había conseguido pastita con queso, caliente, nos supo a gloria, más aún cuando descubrímos las galletas Fingers y los heladitos de postre. Como nos quedamos con ganas de juerga, bajé de nuevo a por una caja de Coronitas, nos vimos sin abrebotellas y decidimos pedirselo al tipo de la recepción. Lo siguiente, testimonio de mi compañero de andanzas, fue que una marujé parisienne protestó por que en ese callejón de trapicheo y prostitución teníamos la maldad y poca decencia de subir cerveza al cuarto.
Asumiendo la culpa de nuestra pequeña fechoría, brindamos por nuestro viaje y el maltrato psicológico al que nos sometía nuestro querido París y lo demás, queda para otra entrega.

(Continuará...)