Hace unos días encontré las fotos de mi primer viaje a Francia, en el 2006, una ruta Madrid - París ascendiendo por la costa atlántica acampando a medida que avanzábamos. Aquel viaje me marcó como pocos hasta entonces, no sólo por la increíble belleza de cada lugar sino por todo lo que iba descubriendo de Francia, y de mí misma. Pero esta no es la historia que quiero contar, aunque es un preludio necesario para poder hablar una vez más de París, París en coche, París con prisa, París sin ti.
Cuatro días en los que fui descubriendo la ciudad, a pie y por las zonas más turísticas, así el Louvre me abrió sus puertas, y también Notre Dame, recorrí el Sena en batobús y disfrute de la ciudad blanca desde la cima de la Torre Eiffel y el último día... Montmartre, el Montmartre de mentira pero que encanta corazones, ese en el que los pintores pasean y la absenta corre y no necesitas una navaja abierta en la mano para sentirte un poco más cerca de este barrio. Esta vez no hubo escaleras, sino una tremenda cuesta. El Sacré Coeur me recibió por uno de sus costados, recibiendo el mirador sin esperarmelo justo delante de mi, ofreciendome su espléndida panorámica. No sé si fue en Montmartre, la orilla del Sena o el encanto de ninguna calle particular pero lo cierto es que esa ciudad se quedó un trocito de mi alma, y me fui de ella prometiendome volver.
Y entonces...
Entonces pasaron unos años en los que París quedó lejano, escondido en algún recoveco dentro de mí, pasaron miles de cosas, algunas que importan, otras que no, algunas que recuerdo vivamente y otras que ya he olvidado, transcurrieron días, amistades, cursos, parejas, alegrías y tristezas, sonrisas, borracheras, resacas... Y después llegaste tú poniendo un Leprechaun borracho en mi vida (asegurando que vive encerrado en una bola rellena de vodka) y lo llenaste todo de magia y polvo de hadas, me regalaste tus manos, tu hombro y tus palabras, me cargaste a tu espalda y te apoyaste en mi hombro, me diste tus lágrimas y yo te dí las mías y así pasó con las risas, corrimos por las calles borrachos y compartimos hierbamejor, siempre en el mundo de hadas verdes con minifaldas que tú sabes crear.
Y uno de esos días de tristezas y lágrimas compartidas, llegaste, siempre dispuesto a pintarme una sonrisa y cogida de tu mano en un aterrizaje infernal me devolviste a París, la ciudad blanca, la ciudad de los aros de humo, la ciudad de las luces, del amor y de los bohemios muertos de hambre. Y como la primera vez, atisbé la cima de su emblemática torre y sentí que todo iba como debía. Me devolviste a Montmartre y me empujaste escaleras arriba, Sena abajo, comimos crêpes, bebimos absenta y temimos por nuestras vidas.
El resto de la historia, ya la conoces.
Y una vez más, me prometí volver.
Siempre para ti, mis letras, lector insaciable.
Y volveremos, tenemos una cita, pero esta vez le daremos más significado aún a la ciudad. Te quiero.
ResponderEliminarPero... Falta mucho para nuestra cita :P
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